No creo ser la persona más paciente que exista, ni tampoco aquel ser cuya impaciencia le impida tomar decisiones de forma calma o que le lleve a vivir su vida persiguiendo prioridades a punta de impulso y hastío. Y aún así debo reconocer una impaciencia selectiva, que escoge, indiscriminadamente, momentos y situaciones con los cuales fijarse al punto en que no deja cabida a otra cosa dentro de mi cabeza.
Sucede que aquella disfruta de jugar entre los recovecos e historias enredadas que suelen vivir imperturbables, hasta que decide pasarles por encima hasta el cansancio, o hasta que no tengo más remedio que finalmente tomarle en cuenta. Y despierta fantasmas que han dormido plácidamente entre la niebla y el calor de instantes que no vale la pena remover. Los mueve, los remueve, los ordena y reorganiza como le place y para su sólo agrado, con puro y sencillo ánimo de mantenerme despierta a media noche, observando objetos inertes y las paredes estrechas que no acaban de oscurecerse tras el brillo nocturno.
Es así que ya nada es hoy, ni mañana, ni lo que podrá ser. Todo se convierte en lo que ha sido, en lo que se ha perdido, en lo que ni siquiera fue cuando pudo. Y se hace una delicia nadar entre el océano de incertidumbre y palabras pasajeras que teje mi Impaciencia Selectiva. Buscar el perfume desconocido de lugares jamás visitados. El seguir el impulso del grito nocturno lanzado al aire indiferente, viajando hacia voces ajenas.
Y me agota. Mi impulso y su ahogado paso. La inmovilidad y la memoria abrumada consiguen cansarme y querer descansar un sueño intranquilo entre paredes estrechas y objetos inanimados que gritan fantasías de fantasmas que no existen, pero que son lo suficientemente reales como para ocupar un lugar en mi cabeza, en el pecho, en las lágrimas calladas sobre la almohada. Quimeras lo suficientemente independientes para grabar calladas caminos que desconozco, y obligarme a recorrerlos incluso en los momentos en que lo único que necesito es deshacerlos. Pierdo mi paciencia, mi disciplina, mi silencio y mi sonrisa. Le doy la bienvenida a otra expresión que no es mía, que me invade y me intoxica, para desaparecer tan amarga como llega. Fugaz y dolorosa, tempestuosa e impaciente.
Tal cual, llena espacios que han permanecido vacíos ante el rumor del sueño y la cordura. Los empapa de colores y figuras para darles un acercamiento a la realidad. Para soñar un momento y creer que lo que es ficticio en realidad puede tocarse y sentirse y saturarse de calor entre mis manos frías. Puede respirar el aire de madrugada y desvelo. Puede dejar de reprimir el impulso que talla los surcos profundos en la inconciencia. Hasta que no haya más razón, ni disciplina, ni orden.
Finalmente queda sola la selectiva impaciencia, anhelando destellos que muestren que la helada inmovilidad ha desaparecido.
